martes, 28 de abril de 2009

Entrevista a Margarita Stolbizer

Programa: “De espectadores a actores”, Radio FM Fénix 100.3, Martínez, 

Fecha: sábado 25 de abril de 2009.

Tema: “La vida del político”

Conductores: Alejandro Field (AF) y Adriana Blasi (AB), de la Mesa Interreligiosa del Conurbano Norte de la Coalición Cívica

Entrevista a Margarita Stolbizer (30 minutos)


El archivo se puede escuchar en línea cliqueando aquí y se puede bajar cliqueando aquí

Transcripción de la grabación

AF: Creo que ya tenemos en línea a nuestra invitada de hoy, a Margarita Stolbizer. Margarita, ¿nos estás escuchando?

MS: Sí, escucho muy bien. ¿Cómo les va? Buen día.

AF: Muchas gracias. La tercera es la vencida. Es la tercera vez que intentamos, no por culpa tuya. La vez pasada, un corte de luz, acá en Martínez. Uno, si fuera sospechoso diría que es un atentado, pero no es así, no somos tan importantes todavía.

MS: [Risas]

AF: Margarita, en este programa queremos hacerte una entrevista algo distinta de lo que está habituada, porque el título que lleva el programa, “De espectadores a actores”, justamente busca hacer involucrar a personas que están viendo la cosa desde afuera, hacerles cruzar esa raya, a pasar a ser espectadores de una realidad a ser actores. El año pasado la Mesa Interreligiosa del Conurbano Norte, me acuerdo que hicimos una conferencia-debate con un católico, un protestante y un judío, y la pregunta era debatir la falta de participación de los creyentes. Y me acuerdo que el rabino Guido Cohen, que nos acompañó esa vez, dijo que el problema no es tanto de los creyentes sino de los argentinos. Los argentinos no somos de participar. ¿Cómo es tu percepción, tanto en la participación de los argentinos como de las personas que tienen un trasfondo religioso? ¿Somos de poca participación? Y, si es así, ¿qué hay que hacer, no?

MS: Yo diría que tampoco se puede plantear esto como una uniformidad en todos los tiempos, ¿no? Porque tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista religioso, siento que hay distintos momentos en la participación de la gente. Nosotros tuvimos una época, como fue la del ’83, en que la gente participaba masivamente. Todo eso fue decayendo. Yo siento que hoy hay un poquito, digamos, un nuevo despertar de la gente a la participación política, y esto debe tener que ver, tal vez, cuando se siente más engañada, más estafada. Empieza a encontrar la necesidad de participación, porque se da cuenta también que la posibilidad de cambiar depende de cada uno. Y en el plano de lo religioso, hay momentos en que la participación de las organizaciones religiosas también aumenta, y tiene que ver exactamente con los tiempos de preocupación, de desasosiego de la gente, que termina buscando en la iglesia, en las distintas iglesias o manifestaciones de culto, una posibilidad también por dónde canalizar, justamente, su participación. Se ve, sobre todo, ambas cosas, tanto en la política como en lo religioso, que esas tendencias a participar en esos momentos muchas veces canaliza en las iglesias, no precisamente en la iglesia católica, sino en las sedes, las asambleas estas de cultos nuevos. Y en la participación política también se ve porque la gente canaliza su voluntad de participación en organizaciones sociales, o en pequeños partidos, digamos, y va abandonando también un poco lo tradicional.

AB: Adriana Blasi se está sumando en este momento ¿Cómo te va? Buenos días.

MS: Buenos días

AB: Tengo el honor de saludarte. Es la primera vez que charlamos. Margarita, uno toma a veces los conceptos que los vecinos mismos te van tirando, ¿no?, te van acercando. Y está aquello que, bueno, cada uno que llega destruye lo que hizo el anterior. Entonces, ¿vos creés que esto también contribuye a que la gente no se sume a la política?

MS: Sí, diría que esto es malo de por sí, no sólo porque hace que la gente no se sume. Esto genera, desde luego, descreimiento. Tiene que ver, además, con la política demasiado mirándose el ombligo permanentemente. Pero también creo que la mayor dificultad está planteada por los gobernantes, esto sobre todo pensado en este tiempo. Si hay una dificultad que la Argentina viene teniendo desde hace tiempo es la falta, por un lado de ámbitos de diálogo democrático en los cuales se puedan discutir políticas de estado. Las políticas de estado son las políticas consensuadas entre distintos sectores políticos y sociales, y a las que se les garantiza sustentabilidad a través de los tiempos, ¿no? Eso es justamente pensar en aquellas políticas que trascienden a los gobiernos y que, gane quien gane, eso que se ha consensuado, eso definido como una política de estado por todos los actores políticos y sociales, se sostiene en el tiempo. Ahora, para que esto ocurra, tiene que haber, previamente, ese ámbito de diálogo y la voluntad de quienes gobiernan de convocarlo. Ustedes fíjense que cuando uno toma tal vez lo que constituye la demanda o preocupación principal de la sociedad, que es el tema de la seguridad, aquí es donde uno ve exactamente cuál es el efecto tan negativo de la falta de discusión de políticas de estado, porque justamente, y yo llevando esto al plano de la provincia de Buenos Aires, el partido justicialista gobierna hace 22 años la provincia de Buenos Aires pero, sin embargo, si una característica ha tenido su política de seguridad ha sido lo errática que ha sido. Dentro de un mismo partido han tenido más cantidad de ministros de seguridad que años de gobierno. Y esto ha hecho que tuvieran ministros de seguridad que pasaron desde Aldo Rico hasta Juampi Cafiero, para mostrar, digamos, las diferencias. En el medio hay montones. Y entre ellos mismos, del mismo partido político, arrasaban con lo que hacía el anterior. Esto ha sido una característica. Las consecuencias las pagamos porque, al no haber una política de estado en materia de seguridad, el que llega improvisa y cree que se puede resolver el problema de la seguridad llamando a un número telefónico, por ejemplo. Entonces, la verdad es que el problema grave que tenemos –cito este porque es, sin duda, el problema más importante que hoy tenemos en la provincia– y, sin embargo, no hay realmente la capacidad para atenderlo como se debe porque no hay un ámbito de discusión de políticas de estado.

AB: Y habrá un ámbito, vos creés, futuro cercano, o… porque cuando miramos al resto del mundo –cuando digo el resto del mundo hablamos de nuestros vecinos, no estoy hablando simplemente de países desarrollados–, que empiezan a tener consenso, nosotros ¿qué nos falta para dar ese paso de adolescente a adulto?

MS: [sonrisa] También en esto yo creo que de las sociedades virtuosas no salen los malos dirigentes, ¿eh? También somos el emergente de una sociedad demasiado metida en sí misma, demasiado preocupada por sus propias cuestiones individuales. En el tema de la seguridad, la reivindicación o la demanda de seguridad se ha convertido más en una demanda de protección de la propiedad privada que realmente en una demanda que tenga que ver con un valor colectivo, con la seguridad ciudadana. Entonces, creo que no lo hay por parte del gobierno, lo que ustedes dicen y yo comparto, esa cosa tan adolescente que hay. Pero lo que ocurre es que cuenta con el mandato o el voto popular, que siguen votando siempre lo mismo, pese al desastre que son. Entonces, la voluntad de cambiar, la decisión de producir un cambio, de “madurar”, en ese sentido, tiene que ser de la propia sociedad. Es decir, que no queremos seguir rehenes, lo que queremos es producir un cambio, pero un cambio en serio. Esto debería ser la aspiración. La decisión de madurar, de dar un salto cualitativo, de pensarnos de una manera distinta, insertos en un mundo que avanza y, sin embargo, nosotros vivimos siempre mirándonos hacia atrás, ¿no? Esa es una decisión que tiene que tomar la sociedad.

AF: Margarita, sí, creo que es un paso que todavía nos falta. Y doy un teléfono para los que quieran llamar. Es uno solo porque estamos usando el otro, el 4793-3510, si quieren llamar a hacer una pregunta a Margarita Stolbizer.

AF: Margarita, voy a hacer una pregunta un poco “políticamente incorrecta”, más en la Coalición Cívica que está dominada, o por lo menos hay mucha presencia de mujeres, ¿no? Yo digo, para estar en política, hay que ser muy “macho”, ¿no? Porque uno dice, uno que se empieza meter un poco, es duro hacer política, ¿no? ¿O no? ¿Cómo invitarías a la gente que dice “yo no me quiero meter en política porque es problemas, traiciones, hacerme mala sangre, que me serruchen el piso”? ¿Es así? Vos, que has sido política de muy chica –no te has metido de grande– ¿qué le dirías a la gente que está asustada y dice: “con todos los problemas que tengo, ¿me voy a meter en una cosa más?”.

MS: Claro. Primero, yo, lo único que puedo transmitir es bueno, en realidad. Y no porque no haya tenido peleas dentro de la actividad política de tantos años. Pero, primero que nada, a ninguno de nosotros nos obligan a hacer lo que hacemos y a estar donde estamos. Realmente uno está porque le gusta, como a otros les gustan otras cosas. Yo tengo vocación por la política. Desde muy chica la tuve. Decidí ingresar en la política porque leía historia cuando estaba en la escuela, así que me empecé a involucrar, y me interesó. La verdad es que soy una apasionada de la política, pero también lo hago porque siento que la política es el instrumento o el camino con el cual se pueden cambiar las cosas. Y a veces lo que me enoja es realmente cuando uno se siente con la impotencia de no poder hacer todo lo que querría, y por supuesto que hay muchísimas trabas en el medio, pero la posibilidad de cambiar está solamente desde adentro. La política está tan metida en nuestra vida cotidiana, que todas las cosas que nos pasan o que hacemos dependen de la política. Porque cuando uno atiende, digamos, sus preocupaciones principales, digamos, ¿cuál es la preocupación principal? La familia. Bueno, por lo menos que nuestros chicos vayan a la escuela y aprendan, que puedan abrirse un futuro después de salir de la escuela. Y eso es política, la verdad. Eso es política. Tener una educación mejor, de calidad, poder generar empleo, y asegurarnos el futuro. Eso depende también de la política, centralmente depende de la política.

AF: Claro, Margarita, tal vez el problema son “los políticos”. Hoy queremos tratar “la vida del político”.

MS: Bueno, pero ahí lo importante, entonces, es eso. Cuando hay una persona que cree de sí misma ser un poquito, sólo un poquito, más honesta o más capaz que otra, tiene que incorporarse a la actividad política. No significa ir y ser candidato. Pero significa incidir en la vida de los partidos para que la vida de los partidos sea mejor. Porque el lugar que uno, que cree que es un poco más honesto, un poco más capaz no lo ocupa, lo va a terminar ocupando el que es un poco menos honesto, menos capaz.

AF: Claro, Margarita, uno a veces ve gente, políticos, que han entrado con las mejores intenciones, con currículums perfectos, sin ningún prontuario, y uno los ve, no sé, dos años, cinco, diez años después, y es otra persona. No es el caso tuyo, justamente por eso queremos hablar, pero uno ve una persona vacía, una persona cínica, una persona que la única amistad que tiene es por política, que dice una cosa un día y después otra. Yo creo que eso es lo que nos está faltando. Bueno, tuvimos el otro día un despertar con el fallecimiento de Alfonsín, pero creo que está faltando eso…

MS: De todos modos, el que ingresa a la política y cambia su vida, ni que hablar el que ingresa y termina enriquecido en la política, evidentemente no era bueno.

AF: Claro, pero eso crea desconfianza, porque no tenemos mucha gente. Yo sé que hay un montón, y los mejores no aparecen, ¿no?

MS: Claro, exactamente. Ese es el problema. Yo estuve 8 años en la Cámara de Diputados, y la verdad es que es muy difícil para el que llega al Congreso trascender, ser conocido, ¿no? Sobre todo en la Cámara de Diputados, que son 257. Uno pasa a veces todo un período y hay gente con la que nunca habló siquiera, porque no se cruza en las mismas comisiones de trabajo. Y lo cierto es que es muy difícil trascender, porque todas las cámaras enfocan siempre a un grupo, digamos, que son los diputados estrella, los conocidos, y la misma sociedad que reclama renovación, cuando en las listas uno pone gente que no es conocida, dicen: “Ay, bueno, pero éste no es conocido, ¿por qué no ponen a uno más conocido?”. A mí me pasó dentro del radicalismo…

AF: Poner un cantante, por ejemplo, porque es conocido…

MS: Claro. O los políticos, digamos, que ya están de mucho tiempo, que la gente los critica pero después cuando se pone uno que no es conocido, dicen: “Ay, ¿por qué no ponen uno que sea más conocido?”. Entonces, la verdad es que mucha gente… A mí me tocó conocer muchísima gente en ese lugar como era la Cámara de Diputados, con 257 miembros, yo les diría que la mayoría de la gente muy trabajadora, que iba a sus comisiones, que presentaba proyectos, que estudiaba, que recorría, la verdad. El problema es que los únicos que trascienden y que se conocen son los pocos diputados [ ] con los que la gente después termina renegando también, ¿no?

AF: Vos podés decir… ¿Existen amistades en la política?

MS: Sí, sí, sí, sí. Claro que sí.

AF: Porque uno ve que cuando uno se mete en un área nueva aparece un montón de gente muy valiosa, que no conocía antes.

MS: A mí me tocó, incluso, durante la gestión en el Congreso, llegar a establecer relaciones de amistad, compañerismo fuerte, con gente de otros partidos, no solamente del mío. Pero, fuera de la función, yo tengo muchos años y puedo decir que tengo amigos de la política también, aunque no sea la persona con la que trabajo todos los días, pero uno va construyendo, desde la afinidad política, también va construyendo afinidades personales.

AF: Ahora, el político, ¿es bueno que el político viva 24 horas hablando y pensando y haciendo política, o tiene que tener una vida propia, un [ ] espiritual, algo, familia…?

MS: Por supuesto, por supuesto. Si no, pierde el contacto con la realidad. El político solamente metido en eso no… Miren, yo hace muchos años siempre digo, en mi caso, el cable a tierra son mis hijos, ¿no?, a los que he acompañado siempre…

AF: ¿Cuántos tenés?

MS: Tengo tres. Tres varones que hoy son adolescentes y siempre, digamos, el contacto era la escuela, cuando eran más chicos, ¿no? Y hoy es el deporte, porque los tres son deportistas, entonces yo paso los fines de semana, en la medida que puedo, con ellos, en el club, y eso me sirve, porque hablo con otra gente, con la que no hablo de política, y miro, y observo, y los demás también me miran y me observan. Y, además, trato de hacer una vida normal, porque salgo de mi casa, hago las compras, y hago la vida de una persona normal. Y eso hace que uno no pierda su cable a tierra, que no pierda uno la idea de lo que está pasando con la gente en los alrededores de uno. A mí me ha pasado, que digo esto es el síntoma de persona normal que vive en el conurbano, las dos veces que me asaltaron este año…

AF: Si, sí.

MS: Y bueno, es porque vivo como una persona normal. A los candidatos que andan con cuatro guardaespaldas seguramente que no les pasa.

AF: O en un country…

MS: Claro, exactamente.

AB: Margarita, siguiendo esta línea de análisis que estamos haciendo, porque me parece que es importante que conozcan aspectos por ahí de la vida del político que, bueno, no siempre están en una pantalla de televisión o en una nota escrita. Por ejemplo, para poder hacer frente a las presiones, a toda esa vida que tiene un costado duro, tenemos que responder a algo superior a nosotros mismos, ¿no te parece? ¿Qué sería, en tu caso?

MS: No sé, la verdad. Yo insisto con que no es tan desagradable donde uno está porque si no, no estaría. Yo hago política porque realmente tengo el incentivo en la política, todos los días, de estar trabajando por una sociedad más justa, por un mundo mejor, y la verdad, esto es lo que ayuda. El resto de las cosas no es tan, tan duro como…

AB: Sería una fuente de sabiduría, digamos, como cuando vos estás en momentos de soledad, que los debés tener, para tomar una decisión, para, no sé, hablar con otros, sobre todo para tomar decisiones, ¿cuál es tu rutina, por ejemplo? ¿Qué hacés?

MS: ¿Qué hago yo en mi vida…?

AB: Sí, tenés que tomar una decisión, que vos sabés que es trascendental, que va a trascender, donde vos vas a tener que… necesitás una fuente de sabiduría. ¿Qué hacés, digamos, salís a caminar, a pensarlo, no sé, orás, rezás, tenés alguna fuente que te inspira…?

MS: Seguramente, un poco de todo eso, seguramente, más mirar siempre… para mí es muy importante el, digamos, el tema de la familia, ¿no? Yo, cada cosa que hago la hago pensando si eso sirve para que mis hijos puedan dentro de veinte o cincuenta años valorar y tener una vida mejor. Si lo que uno hace aporta para construir algo en el buen sentido.

AB: Correcto.

MS: Eso es lo que define. Yo… y desde luego que uno lo hace en consulta, conversación, pensando, estudiando. Yo creo que todo esto tiene que ver. Cada una de esas cosas influye, desde luego, en la toma de decisiones.

AB: Es un camino de ida y vuelta, ¿no es cierto?, entre vos, tu familia y toda tu actividad. Digamos, no es una cosa aislada.

MS: No, no, no. Y permanentemente es así.

AF: Margarita, vos sos una de las tres firmantes de un proyecto de ley para declarar el 25 de noviembre Día Nacional de la Libertad Religiosa y de Conciencia, ¿no?

MS: Sí.

AF: ¿Qué hay detrás de eso? ¿Hay un peligro, o es simplemente preventivo, o es algo que te pidieron a vos? ¿Cómo fue la historia de este proyecto de ley, y en qué estado está?

MS: Bueno, no, ya hace varios años. Yo presenté eso cuando era diputada, imagínense que hace 4 años que ya no soy diputada. Fue uno de los últimos proyectos que presenté. Yo me vinculé con la gente del CALIR, el Consejo Argentino de la Libertad Religiosa, y a partir de eso trabajamos ese proyecto juntos, porque el 25 de noviembre es una fecha internacionalmente reconocida como de la libertad religiosa, y nosotros lo quisimos traer aquí, y la verdad es que hicimos en ese momento una jornada, un día de trabajo que fue excepcional, excepcional. Fue de las cosas más lindas que hice en el Congreso, que fue justamente convocar a los referentes más importantes de los distintos cultos, con quienes hablamos mucho. El enfoque tenía que ver… yo soy abogada, ¿no?... entonces yo termino haciendo el enfoque desde lo jurídico, y tenía que ver con la libertad religiosa como uno de los derechos humanos fundamentales, ¿no? y pasando siempre por el tema del respeto, porque a mí a veces me choca cuando uno escucha esta idea de la tolerancia. Tolerarse es como aguantarse, ¿no? Y, en cambio, yo creo que nosotros tenemos que avanzar en la idea del respeto hacia los derechos de los demás y, en este caso, hacia el tema de la libertad religiosa.

AF: Nuestra experiencia en lo poco que hemos recorrido en este ámbito multirreligioso, político, es que hay mucha gente trabajando, pero falta nuclear todo eso para que esa energía, ese trabajo, ese trabajo ya hecho, se trasluzca en una sociedad que necesita esos valores y ese trabajo.

MS: Claro. Tal vez uno de los momentos más duros en términos políticos institucionales que a mí me tocó fue la crisis del 2001. Y la salida de la crisis del 2001, en gran medida fue orientada por la Mesa del Diálogo Argentino, en el que la iglesia tuvo un papel fundamental, fundamental, ¿no? Yo creo que eso fue de una ayuda extraordinaria en ese momento, porque ahí se convocaron distintas mesas de trabajo, donde iban quienes tenían ideas distintas, no sólo en lo religioso, en lo político, lo social. Yo me acuerdo que estuve en la Mesa de Justicia, en la reforma política. Pero había mesas social, productiva, educación, varias cosas. Y la verdad es que ahí se hizo algo que no se volvió a hacer después en la Argentina y que es tan importante, que es encontrar un ámbito plural, plural en los distintos sentidos, ¿no?, religioso, político, social, etc., para pensar la Argentina, para pensar el tiempo que viene y cómo uno quiere que sea y para encontrar, digamos, una agenda común.

AF: Claro, o sea que hay una fuerza, coincidimos, una fuerza latente, que hay que usar, despertar, convocar, conectar la parte religiosa con lo político, romper esa barrera de desconfianza mutua, porque es mutua, cada uno piensa que el otro no tiene nada que ver con lo propio, y es todo común, ¿no?

MS: Sí, sí, sí, por supuesto.

AF: Margarita, ¿vos sos consciente que una fuerza política, y políticos que hablan desde lo moral, de lo ético, se les exige mucho más? O sea, ustedes cuando lleguen…

MS: Nosotros también nos exigimos…

AF: Está bien, está bien, pero yo veo este caso del presidente Lugo, en Paraguay. Si hubiera sido otro presidente, no hubiera pasado nada. Pero como él llega y él tiene que responder a un criterio ético elevado…

MS: Claro, claro…

AF: Y esto la gente lo percibe como un peligro. ¿Qué pasa si llega un montón de gente con principios éticos y empieza a hacer agua en cosas que por ahí a otros les tolerarían porque, bueno, son así ¿no? ¿Cómo se maneja ese peligro de que la exigencia sea mucho más alta éticamente, y cómo ustedes pueden controlar la corrupción que se les va a meter por todos lados, pero que ustedes no están de acuerdo? ¿Cómo se hace eso?

MS: Bueno, pero es que uno tiene que disciplinar con el ejemplo. El gran problema que este gobierno tiene, no sólo que está sostenido en una estructura realmente de corrupción, sino que no hay ejemplos desde arriba. Kirchner ha decidido que disciplina con la billetera y no con el ejemplo. Entonces, es imposible pedir buenas conductas hacia abajo cuando las buenas conductas no existen arriba. Entonces, lo primero para que no haya corrupción abajo no tiene que haberla arriba. Esto es una cuestión central. Nosotros llegamos con la firme convicción que realmente la ética es una parte indivisible de la actividad política. Esta es una de las banderas principales de la Coalición Cívica. Y todos nuestros miembros tienen esa absoluta convicción. Entonces, esa es la seguridad. Ahora, también es que nosotros no dependemos de las muchas exigencias hacia nosotros. Nosotros nos exigimos mucho. Nosotros creemos que tenemos que demostrar siempre, en todos los casos, que estamos por sobre esos valores de una sociedad media que desgraciadamente los últimos tiempos ha sido demasiado tolerante. Yo creo que nosotros tenemos que recuperar la capacidad de indignarnos frente a la corrupción, como frente a la pobreza extrema, que la sociedad no puede seguir tolerando muchas de las cosas que se van naturalizando cada vez más. La violación permanente a la ley, a la norma o la falta de reglas. Los Kirchner nos han llevado a tener un país sin moral, sin moral. Y esto no puede ser naturalizado por la sociedad, que realmente ve cómo arrasan con nuestro sistema institucional, cómo arrasan con las normas, y permanecer pasivamente frente a esto.

AF: El día que haya otro tipo de gobierno, medio como nos vamos a sentir raros, ¿no? No vamos a saber cómo manejar un gobierno que tiene otras pautas. Un par de preguntas para cerrar, Margarita, y te agradecemos porque tenemos cinco minutos más con vos. Este tiempo, acelerado por el gobierno, de apresuramiento electoral, ha presionado en el sentido del armado de listas, de todo eso, en el sentido que ya prácticamente no ha habido tiempo, o no sé si es la razón, para no haber internas, de toda la mecánica partidaria normal. Entonces, ustedes se han visto en la obligación de hacer alianzas, de toda una responsabilidad que les vino apurada por el tiempo.

MS: Sí, pero de todos modos no hemos dejado de cumplir con esto, ¿eh? Una aclaración en este punto…

AF: A ver…

MS: La Coalición no es un partido político. Está conformada por partidos políticos, y todos los partidos que integran la Coalición han hecho sus procesos internos para elegir sus candidatos mediante mecanismos de participación de sus afiliados, para llegar a la elección de quiénes son sus candidatos. Entonces, la semana que viene, seguramente, ya empieza esta semana, porque el martes se vence el plazo de presentación de alianzas, de acuerdos. Entonces, para llegar a eso se va a firmar un acuerdo con la ubicación que cada partido va a tener en la lista, y los partidos todos hicieron sus procesos. O sea, entonces, se sientan en la mesa y cada partido lleva sus candidatos y el acuerdo, lo único que define, es cuál es la ubicación que cada partido lleva en la lista definitiva.

AB: Margarita, vos sabés que estamos recibiendo algunas llamadas, mientras que vos estás explicando esto, que sin duda es importante, y bueno, tenemos vecinos, especialmente en la zona de San Isidro, la zona de San Fernando y demás, que tienen cierta preocupación. Y voy a esto. Es decir, tenemos acá, en San Isidro, al intendente, tenemos también en [Tigre], por ejemplo que en este momento no está ocupando su cargo, con licencia, a Sergio Massa, y demás, y entonces la gente tiene la sensación que bueno, que en algún momento se sumen, más allá de este proceso que vos estás mencionando. ¿Vos cómo contestarías a estas preguntas?

MS: Hago esta aclaración. La Coalición es el aglutinamiento de organizaciones políticas y sociales, que lo que quieren es producir un cambio en la política. Los partidos que la integran, en la provincia de Buenos Aires, hay 16 partidos que integran hoy la Coalición. Nosotros hemos hecho, ya más de un mes, la presentación. Entre esos partidos están el GEN, que es el partido que yo presido, el partido de origen e identidad radical, está el ARI, está el partido PAÍS, esta el MOVEPRO, está la Democracia Progresista, está el Encuentro Popular, está el Partido Socialista, bueno, seguro que me voy a olvidar, el Partido Laborista, bueno, son varios. Dieciséis en total. Ahora vamos en un acuerdo con el radicalismo, que no está dentro de la Coalición sino que hacemos un acuerdo con ellos. Siempre hemos manifestado nosotros la voluntad de que en la apertura de la Coalición ingresen referentes sociales. O sea, algunas personas que van a estar incluidas en nuestras listas que no vienen desde lo partidario sino que vienen en condición de extrapartidarios por haber obtenido un reconocimiento social. Así es como, en la última elección, Toti Flores, que hoy es diputado nacional, no ingresó porque perteneciera a ningún partido, sino porque reconocimos en él un liderazgo surgido de su compromiso con los movimientos sociales, con el movimiento cooperativo y demás. Entonces nosotros también vamos, al momento de hacer las listas, a incorporar en nuestras listas algunos referentes que marquen esta apertura. Ustedes saben que yo había hecho un ofrecimiento a Mario Llambías, de la Mesa de Enlace Agropecuario. Bueno, él no quiso estar, pero nosotros vamos a dejar, dentro de nuestras listas, a gente que no provenga de lo partidario, sino que provenga desde lo social. En ese sentido, es que puede haber la apertura para algún tipo de ingreso vinculado con estas cuestiones, sobre todo con lo social.

AF: Margarita, ¿entonces este tema se define este fin de semana, seguramente?

MS: Sí, sí, sí. Tal vez todos los nombres no estén, pero sí van a estar las ubicaciones, porque va a haber un acta firmada el día martes, con quienes son, digamos, las ubicaciones de cada partido, cada referente va a tener en la lista.

AF: Bueno, Margarita, te agradecemos muchísimo.

MS: No, al contrario.

AF: Vamos a tratar de grabarlo y desgrabarlo, porque hay mucha tela para cortar. Contá por supuesto con nosotros en cuanto a ser puente entre, me parece, el mundo muy rico, muy honesto, muy trabajador de la gente que está en organizaciones religiosas…

MS: Claro

AF: ... y el mundo político que necesita, y mutuamente, ¿no? Hasta yo pienso que la religión puede aprender mucho de la política, aunque me digan que estoy loco, pero…

MS: Y viceversa…

AF: Claro, el tema del consenso, del diálogo, de respetar al otro, no es malo. Se ve malo, muchas veces, porque termina en contubernios, pero creo que, como argentinos, en la etapa adolescente que decía Adriana recién, la negociación es necesaria, y no hay forma, no hay atajos, los atajos son peligrosos, y creo que en esto ustedes están trabajando bastante y queremos apoyarlos, y queremos estar trabajando, si todo este acuerdo sale bien, como todos queremos.

MS: Bueno, muchas gracias.

AF: Te mando un beso grande.

AB: Margarita, todo lo mejor para esta etapa y, bueno, estamos a tu disposición.

lunes, 16 de marzo de 2009

Rechazo del juego por dinero en el Conurbano Norte

La Mesa Interreligiosa del Conurbano Norte de la Coalición Cívica expresa su preocupación ante los efectos sociales negativos del juego por dinero en el Conurbano Norte (Casino de Tigre, Bingo de San Fernando, Hipódromo de San Isidro, múltiples agencias de la Lotería Provincial) y especialmente por los recientes intentos de extender esta actividad en los partidos de San Isidro y Vicente López mediante la introducción de máquinas tragamonedas.

Consideramos que el juego por dinero conspira contra la dignidad del hombre y la mujer y el concepto sagrado del trabajo como forma de obtener el sustento y de realización del ser humano. Rechazamos toda actividad que no guarde una relación razonablemente justa entre el esfuerzo invertido y el resultado obtenido, llámese explotación, estafa, corrupción o juego por dinero, ya que implica un engaño económico y moral que deja a muchos perjudicados en bien de unos pocos beneficiados. Dentro de este efecto negativo no puede ignorarse los efectos terribles –individuales, familiares y sociales– de la adicción al juego en la que han caído muchísimas personas como resultado de la proliferación de esta actividad.

Nos resulta especialmente grave que el Estado (nacional, provincial, municipal) aparezca avalando y aun promoviendo el crecimiento de esta actividad, ya que lo que esperamos como ciudadanos es que sus mayores esfuerzos y recursos estén dirigidos hacia el fomento de actividades productivas y del trabajo, y no al aumento de la especulación y al vicio. No podemos aceptar tampoco la publicidad engañosa hecha desde el Estado asociando el juego por dinero con la ayuda social.

En este sentido, apoyamos la acción sostenida del Obispo de la Diócesis de San Isidro, Monseñor Jorge Casaretto, en contra del crecimiento de esta actividad perniciosa en el Conurbano Norte y coincidimos con los conceptos de su carta pastoral del 29 de septiembre de 2008, “Un mal que nos está matando: la adicción a la droga y al juego”, especialmente en la asociación estrecha que plantea entre estos dos flagelos sociales. Invitamos también a las demás confesiones religiosas y a todos los vecinos e instituciones de la región en general a unirse a esta acción que tiene especial importancia en este momento, antes que tengamos que lamentarnos por hechos consumados e imposibles de revertir.

Se suman a las preocupaciones anteriores la posibilidad concreta de que el juego por dinero permita actividades ilícitas como el lavado de dinero y las denuncias de negocios poco claros, como los que aparecen en el documento de los diputados provinciales de la Coalición Cívica Walter Martello y Maricel Etchecoin Moro, “Toma todo: Cristóbal López y el negocio del juego en la Provincia de Buenos Aires” y el informe de diputados nacionales y legisladores de la Ciudad de Buenos Aires de la Coalición Cívica, “Cristóbal López: Patrimonialismo corrupto en la era K”.

Por último, entendemos que las decisiones sobre actividades que tienen un efecto social tan profundo, como el juego por dinero, deben contar con la participación activa e informada de los ciudadanos de la comunidad afectada por estas actividades y no ser el resultado de decisiones aisladas de funcionarios y empresarios que privilegian el aspecto económico por sobre las consecuencias sociales.

La Mesa Interreligiosa del Conurbano Norte de la Coalición Cívica ha preparado un informe detallado sobre este tema que dará a conocer próximamente.

Marzo 2009

domingo, 8 de marzo de 2009

Por qué participo en política


En el Congreso Internacional sobre la Evangelización Mundial, celebrado en la ciudad suiza de Lausana en julio de 1974, cerca de 2700 líderes evangélicos representantes de 150 países se reunieron bajo la consigna “Que el mundo oiga la voz de Dios”. Al cierre, suscribieron lo que se conoce como el Pacto de Lausana. En una de sus secciones declara que “la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano”.

Resulta claro que un genuino compromiso social cristiano abarca tanto el servicio social como la acción social, entendiéndose el primero como la asistencia a las necesidades humanas y el segundo, la eliminación de las causas de esa necesidad.

Es evidente –y en eso hemos fallado la mayoría de los creyentes– que hay casos en que las necesidades no pueden aliviarse si no es mediante la acción política. En ese sentido, debemos mirar más allá de los individuos a las estructuras, más allá de la rehabilitación de los presos a la reforma del sistema carcelario, más allá de la ayuda a los pobres a la transformación de los sistemas económicos y políticos.

¿Cuál es, entonces, el fundamento bíblico para la acción social y política? ¿Por qué deben participar los cristianos?

Para poder esbozar una respuesta, el reverendo John Stott recurre a varias doctrinas bíblicas. Para nuestra reflexión vamos a recurrir a dos de ellas que, en teoría, todos aceptamos.

I. La doctrina de Dios
Primero, necesitamos una doctrina de Dios más completa. Pues tenemos la tendencia a olvidar que a Dios le interesa toda la humanidad y la vida humana en todas sus facetas. Este concepto tiene consecuencias importantes sobre nuestro pensamiento.

En primer lugar, Dios es el Dios de la naturaleza, además de ser el Dios de la religión. Dios creó el universo, lo sustenta y lo declaró “bueno” (Génesis 1:31). A Dios lo empequeñecemos cuando lo hacemos exclusivamente el Dios que está detrás de nuestra vida religiosa. Por supuesto que le interesa nuestra vida devocional, pero si se relaciona con toda la vida. Según la enseñanza de los profetas del Antiguo Testamento y Jesús, Dios cuestiona la religión si esta se reduce a cultos religiosos divorciados de la vida real, del servicio en amor y de la obediencia moral interior. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre –dice Santiago 1:27- es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Si lo que hacemos y decimos en nuestra vida religiosa, pública y privada no tiene una correspondencia con nuestra vida real, es pura hipocresía, que es la actitud que Dios más critica.

En segundo lugar, Dios es el Dios de la creación, además de ser el Dios del pacto. Los creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento hemos cometido el mismo error de reducir a Dios a una deidad local, como hizo el pueblo de Israel, o al Dios de la iglesia. Pero la Biblia comienza con las naciones, no con Abraham; con la creación, no con el pacto. Además, cuando Dios eligió al pueblo de Israel, no se olvidó de las otras naciones. Y aún más, prometió que, al bendecir a Abraham y a su descendencia, iba a bendecir a todas las familias de la tierra, y que un día restaurará aquello que la caída arruinó, restituyendo la perfección de todo lo creado.

En tercer lugar, Dios es el Dios de la justicia, además de ser el Dios de la justificación. Es el Dios salvador de los pecadores, pero también le importa que la vida comunitaria del creyente se caracterice por la justicia (Salmos 146:7-9). En los capítulos 1 y 2 del libro del profeta Amós, Dios dirige sus juicios primeramente a las naciones vecinas y luego a Judá e Israel, por su falta de justicia. Al Dios de la Biblia le interesa todo lo “sagrado” y lo “secular”, no sólo la religión sino la naturaleza, no sólo el pueblo del pacto sino todos los pueblos, no sólo la justificación sino también la justicia social en toda comunidad. De manera que no debemos limitar sus intereses. (1)

II. La doctrina del hombre
Cuanto más alto sea nuestro concepto del hombre, cuanto más alto sea el valor que le damos al ser humano, mayor será nuestro deseo de servirle. Los creyentes, a diferencia de los humanistas, tenemos una base más sólida para el servicio a nuestros semejantes. Los seres humanos son seres creados a la imagen de Dios, que por lo tanto poseen capacidades únicas que los distinguen del resto de la creación.

Esta criatura de semejanza divina no es sólo alma, para que nos ocupemos solamente de su vida espiritual, ni sólo cuerpo, para que atendamos sus necesidades físicas, ni sólo seres sociales, para que nos limitemos a asistirlos en sus problemas comunitarios. Desde una perspectiva bíblica comprenden estos tres aspectos, y es por eso que debemos prestar atención a la evangelización, a la asistencia y al desarrollo.

En la base de cada uno de nuestros pensamientos y acciones subyace una teoría. Puede ser que no seamos conscientes de ello en cada caso, pero nada expresa más claramente nuestra escala de valores como nuestras acciones. Y salvo que tengamos personalidades divididas, debe haber una relación entre nuestros principios éticos y nuestros pensamientos; por ende, nuestra conducta moral.

Como creyentes, tenemos una base objetiva para nuestras normas éticas: la revelación de Dios. Creemos firmemente que Dios ha revelado quién es Él, quiénes somos los hombres y cuáles son las pautas para relacionarnos, no sólo con Dios sino también con los demás seres humanos. El sistema de valores del cristiano no surge a partir de especulaciones intelectuales o del pragmatismo circunstancial.

En este sentido, la acción política de los creyentes se concentra en lograr que, a través de la persuasión, la justicia de Dios sea una realidad en la tierra. Lo que Dios considera justo tiene implicancias directas sobre la acción política. Les toca a los creyentes guiar a la sociedad para que ésta tenga conceptos claros sobre lo que está bien o está mal. La justicia de Dios tiene que ver con la defensa de los derechos de los desposeídos, con el dictado de leyes que salvaguarden la dignidad del trabajo, con el manejo honesto de los fondos públicos, con el resguardo de la salud psicológica, física y espiritual de la población, con el mantenimiento de la paz y el respeto universal.

Por todo lo anterior es que considero que no hay “políticos creyentes” sino creyentes con vocación política.

Me resulta difícil pensar que podría “hacer” política, sin a la vez “hacer” religión. El creyente sólo puede reflejar su acción política, para que ésta sea coherente, a partir de sus principios éticos.

Considero que la Mesa Interreligiosa es un espacio de reflexión a partir de nuestra fe, en el contexto de la Coalición Cívica.

Aceptamos como base de la reflexión la interpretación teológica de nuestra fe, y los mandatos éticos que surgen de ella.

Alardeamos mucho sobre nuestra democracia, pero como pueblo hemos dado la espalda a todas aquellas convicciones sin las cuales la democracia carece de sentido.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba en ruinas, no sólo en lo material sino también moralmente y espiritualmente. Muchos llegaron a la conclusión –acertadamente– de que el problema principal de ese momento era el problema ético, y que no importaba cuáles fueran las soluciones socio-económico-políticas que adoptaran para la reconstrucción de los países afectados por la guerra si no se recuperaba un credo ético que pudiera dar una clara y definida dirección moral.

En esa encrucijada de la historia, el teólogo Elton Trueblood expresó en su libro “Bases para la reconstrucción”:

“Afortunadamente, no necesitamos entregarnos a la búsqueda de tal credo moral. Ya lo tenemos. Tenemos un racimo de convicciones que forman la trama de nuestra cultura. Una de las formas en que puede ser restaurada y reinterpretada para nuestra época la fe fundamental es intentando formular los principios morales que durante casi dos mil años han constituido la norma principal de conducta de la vida occidental. Muchas generaciones dieron su asentimiento consciente a dichos principios, y otras los aceptaron implícitamente como criterio de apreciación de la vida común. Un hecho importante en relación con estos principios es que ellos constituyen un elemento de consolidación de nuestra vida cultural. Los tres grupos principales de nuestra tradición espiritual –judíos, católicos romanos y protestantes– aceptan su validez”. (2)

Considero:
  • Que nuestro país está en decadencia: política, económica, de liderazgo y principalmente moral y espiritual
  • Que es necesario encontrar las bases para la reconstrucción
  • Que la ley moral de Dios, sintetizada en los Diez Mandamientos, constituyen la más sucinta y clara expresión de principios éticos aceptados por la gran mayoría de nuestra población
  • Que, por lo tanto, es nuestra tarea como creyentes herederos de la tradición judeocristiana, reflexionar sobre la reinterpretación de los Mandamientos a la luz de nuestra realidad contemporánea, recordando que lo importante no es la declaración formal de los mismos sino el concepto esencial que cada uno de ellos contiene.

(1)   STOTT, John R.W.   “La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos”, Ediciones Nueva. Bs.As. 1991, pp. 12, 17/24

(2) TRUEBLOOD, Elton. Bases para la reconstrucción” Editorial “La Aurora”, Bs.As. 1947, pp.15/16

Pedro Gilaberte, en la reunión de la Mesa del 7 de marzo de 2009

jueves, 5 de marzo de 2009

Barack Obama: Fe y política


TEMA: "Nuestro pasado, nuestro futuro y nuestra visión para Estados Unidos"

28 de junio de 2006
Discurso central para “Call to Renewal”
Texto completo

Buenos días. Agradezco la oportunidad de hablar aquí, en la conferencia “Construyendo un Pacto para un Nuevo Estados Unidos” de Call to Renewal. He tenido la oportunidad de leer su Pacto para un Nuevo Estados Unidos. Está lleno de excepcionales políticas y recetas para mucho de lo que aflige a este país. Así que quisiera felicitarlos a todos por las reflexivas presentaciones que han hecho hasta ahora sobre la pobreza y la justicia en Estados Unidos, y por traer estos temas candentes a los líderes políticos aquí en Washington.

Pero hoy me gustaría hablar sobre la relación entre la religión y la política, y tal vez ofrecer algunos pensamientos acerca de cómo podemos examinar algunas de las frecuentemente amargas discusiones que hemos visto en los últimos años.

Lo hago porque, como todos ustedes saben, podemos afirmar la importancia de la pobreza en la Biblia, y podemos presentar y circular este Pacto para un Nuevo Estados Unidos. Podemos hablar con la prensa y podemos discutir el llamado religioso de abordar la pobreza y la mayordomía ambiental todo lo que queramos, pero no tendrá un impacto a menos que encaremos de frente la desconfianza mutua que a veces existe entre el Estados Unidos religioso y el Estados Unidos secular.

Quiero darles un ejemplo de lo que creo ilustra este hecho. Como algunos de ustedes saben, durante las elecciones generales de 2004 para el Senado competí contra un caballero llamado Alan Keyes. El señor Keyes conoce bien el estilo retórico de Jerry Falwell y Pat Robertson que acostumbra rotular a los progresistas como inmorales y ateos.

El hecho es que el señor Keyes anunció al final de la campaña que “Jesucristo no votaría por Barack Obama. Cristo no votaría por Barack Obama porque Barack Obama se ha comportado de una forma que es inconcebible que Cristo se hubiera comportado”.

“Jesucristo no hubiera votado por Barack Obama”.

Ahora bien, varios de mis seguidores liberales me instaron a no tomar en serio esta afirmación, que la ignorar, en esencia. Para ellos, el señor Keyes era un extremista y no valía la pena ocuparse de sus argumentos. Y, como en ese momento tenía una ventaja de 40 puntos en las encuestas, probablemente no era un mal consejo estratégico.

Pero lo que ellos no entendían era que yo tenía que tomar en serio al señor Keyes, porque él decía hablar en nombre de mi religión y de mi Dios. Afirmaba conocer ciertas verdades.

“El Sr. Obama dice que es un cristiano”, decía este hombre, “pero apoya un estilo de vida que la Biblia denomina abominación”.

“El Sr. Obama dice que es un cristiano, pero apoya la destrucción de vida inocente y sagrada”.

Así que, ¿que habrían querido mis seguidores que diga? ¿Cómo debería responder? ¿Debería decir que una lectura literalista de la Biblia era insensata? ¿Debería decir que el señor Keyes, que es un católico romano, debería ignorar las enseñanzas del Papa?

Como no estaba dispuesto a recorrer ese camino, contesté con lo que ha sido la típica respuesta liberal en esta clase de debates: que vivimos en una sociedad pluralista, que no puedo imponer mis propios puntos de vista religiosos sobre otros, que estaba postulándome para ser el senador nacional de Illinois y no para ser el pastor de Illinois.

Pero la acusación implícita del señor Keyes de que yo no era un verdadero cristiano me molestó, y estaba consciente también de que mi respuesta no tomaba en cuenta correctamente el papel que mi fe tiene para guiar mis propios valores y creencias.

Ahora bien, mi dilema no era para nada único. De una forma, reflejaba el debate más amplio que hemos estado teniendo en este país durante los últimos treinta años sobre el papel de la religión en la política.

Los expertos y encuestadores han estado diciendo por un tiempo a esta parte que la línea divisoria política en este país ha sido marcadamente religiosa. Por cierto, la mayor brecha en la afiliación partidaria entre los estadounidenses blancos hoy no es entre hombres y mujeres, o entre quienes viven en los estados denominados rojos o azules, sino entre quienes asisten a la iglesia regularmente y los que no lo hacen.

Los líderes conservadores han estado más que satisfechos en explotar esta brecha, recordando consistentemente a los cristianos evangélicos que los Demócratas no respetan sus valores y no quieren a su iglesia, a la vez que sugieren al resto del país que los estadounidenses religiosos sólo están interesados en temas como el aborto y el matrimonio homosexual, la oración en las escuelas y el diseño inteligente.

Los Demócratas, por lo general, han mordido el anzuelo. En el mejor de los casos, intentamos eludir por completo la conversación acerca de valores religiosos, temerosos de ofender a alguna persona y diciendo que, independientemente de nuestras creencias personales, los principios constitucionales atan nuestras manos. En el peor de los casos, hay algunos liberales que descartan la religión en público como inherentemente irracional o intolerante, insistiendo en una caricatura de los religiosos estadounidenses que los pinta como fanáticos, o piensan que la palabra “cristiano” describe a sus adversarios políticos y no a personas de fe.

Ahora bien, esta clase de estrategias de evitación podrán funcionar para los progresistas cuando nuestro oponente es Alan Keyes. Pero, a la larga, creo que cometemos un error cuando no reconocemos el poder de la fe en la vida de las personas –en la vida de estadounidenses– y creo que es hora de que tengamos un serio debate acerca de cómo reconciliar la fe con nuestra democracia moderna y pluralista.

Y, si queremos hacerlo, primero necesitamos entender que los estadounidenses son un pueblo religioso. El 90 por ciento de nosotros creemos en Dios, el 70 por ciento está afiliado a la religión organizada, el 38 por ciento se autodenominan cristianos comprometidos y hay considerablemente más personas en Estados Unidos que creen en ángeles que en la evolución.

Esta tendencia religiosa no es simplemente producto del marketing exitoso de hábiles predicadores o de la atracción de las populares megaiglesias. En realidad, habla de un hambre que es más profundo que esto, un hambre que va más allá de cualquier tema o causa específicos.

Cada día, al parecer, miles de estadounidenses se dedican a sus ocupaciones diarias –dejan a los hijos en la escuela, van en coche a la oficina o en avión a una reunión de negocios, van de compras al centro comercial, tratan de seguir sus dietas– y se están dando cuenta de que les falta algo. Están decidiendo que sus trabajos, sus posesiones, su mera actividad, no son suficientes.

Quieren un sentido de propósito, un arco narrativo para sus vidas. Están buscando aliviar una soledad crónica, una sensación apoyada por un estudio reciente que muestra que los estadounidenses tienen menos amigos cercanos y confidentes que nunca antes. Así que necesitan una seguridad de que alguien allá fuera está interesado en ellos, los está escuchando; que no están destinados simplemente a transitar esa larga ruta hacia la nada.

Y hablo con cierta experiencia en este tema. No fui criado en un hogar particularmente religioso, que seguramente no es el caso de muchos entre este público. Mi padre, que volvió a Kenia cuando yo tenía sólo dos años, nació musulmán pero se volvió ateo de adulto. Mi madre, cuyos padres eran bautistas y metodistas no practicantes, fue probablemente una de las personas más espirituales y amables que haya conocido jamás, pero creció con un saludable escepticismo de la religión organizada. En consecuencia, yo hice lo mismo.

Recién después de la universidad, cuando fui a Chicago a trabajar como organizador comunitario para un grupo de iglesias cristianas, me vi confrontado con mi propio dilema espiritual.

Estaba trabajando con iglesias, y los cristianos con los que trabajaba se reconocían en mí. Sabían que yo conocía su Libro, que compartía sus valores y que cantaba sus canciones. Pero percibían que había una parte de mí que permanecía distante, ajeno, que era un observador en medio de ellos.

Y, con el tiempo, llegué a darme cuenta de que algo estaba faltando también, que sin un receptáculo para mis creencias, sin un compromiso con una comunidad de fe concreta, en algún nivel siempre permanecería aparte, y solo.

Y de no haber sido por las características específicas de la iglesia históricamente negra, podría haber aceptado este destino. Pero, con el pasar de los meses en Chicago, me encontré atraído, no sólo a trabajar con la iglesia sino a estar en la iglesia.

Por una parte, creía y sigo creyendo en el poder de la tradición afroestadounidense para impulsar el cambio social, un poder hecho realidad por algunos de los líderes presentes hoy. Gracias a su pasado, la iglesia negra entiende de una forma íntima el llamado bíblico a alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y desafiar a los poderes y principados. Y en sus luchas históricas por la libertad y los derechos del hombre pude ver la fe como más que sólo consuelo para los cansados o una protección ante la muerte, sino más bien un agente activo y palpable en el mundo. Y una fuente de esperanza.

Y tal vez fue a partir de este íntimo conocimiento de la adversidad –la cimentación de la fe en la lucha– que la iglesia me ofreció una segunda perspectiva que considero importante enfatizar hoy.

La fe no significa que uno no tiene dudas.

Uno necesita acudir a la iglesia en primer lugar precisamente porque uno es primeramente de este mundo, no está aparte de él. Uno necesita aceptar a Cristo precisamente porque tiene pecados que lavar, porque es humano y necesita un aliado en esta difícil travesía.

Fue gracias a estas nuevas comprensiones que finalmente pude un día pasar al frente en la iglesia Trinity United Church of Christ, en 95th Street, en el barrio de South Side de Chicago y afirmar mi fe cristiana. Surgió como una elección, y no como una epifanía. No me caí en la iglesia. Las preguntas que tenía no desparecieron mágicamente. Pero, arrodillado bajo la cruz de South Side, sentí al espíritu de Dios llamándome. Me sometí a su voluntad y me dediqué a descubrir su verdad.

Ese es un camino que han recorrido millones de millones de estadounidenses: evangélicos, católicos, protestantes, judíos y musulmanes por igual. Algunos desde la cuna, otros en momentos trascendentales de sus vidas. No es algo que separan del resto de sus creencias y valores. De hecho, es lo que a menudo impulsa sus creencias y sus valores.

Y es por eso que, si realmente esperamos hablar a las personas donde se encuentran, comunicar nuestras esperanzas y valores de una forma que sea pertinente a sus propias esperanzas y valores, entonces, como progresistas, no podemos abandonar el campo del discurso religioso.

Porque cuando ignoramos el debate acerca de lo que significa ser un buen cristiano o musulmán o judío, cuando hablamos de la religión sólo en el sentido negativo de dónde o cómo no debe ser practicada, en vez del sentido positivo de lo que nos dice acerca de nuestras obligaciones mutuas, cuando evitamos lugares religiosos y transmisiones religiosas porque damos por sentado que no seremos bienvenidos, otros llenarán el vacío, los que tienen puntos de vista más insulares de la fe, o los que usan la religión cínicamente para justificar fines partidarios.

En otras palabras, si no nos acercamos a los cristianos evangélicos y otros estadounidenses religiosos y les decimos lo que apoyamos, entonces los Jerry Falwell, los Pat Robertson y los Alan Keyes seguirán imperando.

Más fundamentalmente, la incomodidad de algunos progresistas con cualquier indicio de religión a menudo nos ha impedido abordar eficazmente temas en términos morales. Parte del problema aquí es retórico: si despojamos al lenguaje del contenido religioso, perdemos el simbolismo y la terminología a través de los cuales millones de estadounidenses entienden tanto su moral personal como la justicia social.

Imagine el Segundo Discurso Inaugural de Lincoln sin referencias a “los juicios del Señor”. O el discurso de King “Yo tengo un sueño” sin referencias a “todos los hijos de Dios”. Sus invocaciones a una verdad superior ayudaron a inspirar lo que parecía imposible y llevó a la nación a abrazar un destino común.

Sin embargo, el hecho de no recurrir a los fundamentos morales de la nación por parte de los progresistas no es simplemente retórico. Nuestro temor a sonar como predicadores podría llevarnos también a desechar el papel que juegan los valores y la cultura en algunos de nuestros problemas sociales más urgentes.

Después de todo, los problemas de la pobreza y el racismo, la falta de seguro o de empleo, no son simplemente problemas técnicos que esperan el plan perfecto de diez puntos. Están arraigados tanto en la indiferencia social como en la insensibilidad individual, en las imperfecciones del hombre.

Resolver estos problemas requerirá cambios en la política del gobierno, pero requerirá también cambios en los corazones y cambios en las mentes. Yo creo que debemos mantener las armas fuera de nuestros centros urbanos y que nuestros líderes deben decirlo frente a las presiones de los fabricantes de armas, pero también creo que cuando un pandillero dispara a una multitud indiscriminadamente porque siente que alguien le faltó el respeto, tenemos un problema moral. Hay un agujero en el corazón de ese joven, un agujero que el gobierno solo no puede arreglar.

Creo en la implementación vigorosa de nuestras leyes contra la discriminación. Pero también creo que una transformación de la conciencia y un compromiso genuino con la diversidad de parte de los máximos responsables de las empresas de la nación podrían producir resultados más rápidos que un batallón de abogados. De todos modos, ellos tienen más abogados que nosotros.

Creo que debemos dedicar más dólares de nuestros impuestos para educar a niñas y niños pobres. Creo que la obra que Marian Wright Edelman ha hecho toda su vida es inequívocamente cómo debemos priorizar nuestros recursos en la nación más rica de la tierra. También pienso que debemos darles la información sobre contracepción que pueda evitar embarazos no deseados, reducir las tasas de abortos y ayudar a asegurar que todo hijo sea amado y valorado.

Pero, saben, mi Biblia me dice que si educamos a un niño en el camino que debe seguir, cuando sea mayor no se alejará de él. Así que creo que la fe y la orientación pueden ayudar a fortalecer la autoestima de una joven, el sentido de responsabilidad de un joven y un sentido de reverencia que todos los jóvenes deberían tener por el acto de intimidad sexual.

No estoy sugiriendo que todo progresista de pronto se ponga a usar terminología religiosa; eso puede ser peligroso. Nada es más transparente que las expresiones de fe inauténticas. Como mencionó Jim, algunos políticos vienen y aplauden –fuera de ritmo– con el coro. No necesitamos eso.

De hecho, porque no creo que los religiosos tengan un monopolio de la moral, prefiero que una persona fundamentada en la moral y la ética, y que sea secular también, afirme su moral, su ética y sus valores sin simular ser algo que no es. No necesita hacerlo. Ninguno de nosotros necesita hacerlo.

Pero, lo que estoy sugiriendo es esto: los secularistas están equivocados cuando piden a los creyentes que dejen su religión en la puerta antes de entrar al ambiente público. Frederick Douglas, Abraham Lincoln, Williams Jennings Bryant, Dorothy Day, Martin Luther King –por cierto, la mayoría de los grandes reformadores de la historia estadounidense– no sólo fueron motivados por la fe, sino que usaron repetidamente lenguaje religioso para argumentar a favor de sus causas. Así que decir que los hombres y mujeres no deberían inyectar su “moral personal” en los debates de política pública es un absurdo práctico. Nuestra ley es, por definición, una codificación de la moral, gran parte de la cual está basada en la tradición judeocristiana.

Además, si los progresistas nos despojamos de algunos de estos prejuicios, podríamos reconocer algunos valores que comparten tanto las personas religiosas como seculares que se superponen cuando se trata de la dirección material y moral de nuestro país. Podríamos reconocer que el llamado al sacrificio en aras de la próxima generación, la necesidad de pensar en términos de “tú” y no sólo de “yo”, resuena en congregaciones religiosas de todo el país. Y podríamos darnos cuenta de que tenemos la capacidad de acercarnos a la comunidad evangélica e interactuar con millones de estadounidenses religiosos en el proyecto mayor de la renovación estadounidense.

Algo de esto ya está comenzando a ocurrir. Pastores amigos míos como Rick Warren y T.D. Jakes están usando sus grandes influencias para confrontar el SIDA, el alivio de la deuda del tercer mundo y el genocidio de Darfur. Pensadores y activistas religiosos como nuestros buenos amigos Jim Wallis y Tony Campolo están presentando el mandato bíblico de ayudar a los pobres como una forma de movilizar a los cristianos contra recortes de presupuesto para programas sociales y la creciente desigualdad.

Y, dicho sea de paso, necesitamos cristianos en el Capitolio, judíos en el Capitolio y musulmanes en el Capitolio hablando del impuesto sobre bienes inmuebles. Cuando uno tiene un debate sobre el impuesto sobre bienes inmuebles que propone quitar un billón de dólares de programas sociales para que vayan a un puñado de personas que no los necesitan y ni siquiera los estaban pidiendo, sabe que necesitamos una inyección de moral en nuestro debate político.

En todo el país, iglesias individuales como la mía y la de ustedes están patrocinando programas de cuidado de día, construyendo centros para la tercera edad, ayudando a ex criminales a recuperar sus vidas, y reconstruyendo la costa del golfo en las secuelas del huracán Katrina.

Así que la pregunta es: ¿cómo seguimos construyendo sobre estas asociaciones aún provisorias entre personas de buena voluntad religiosas y no religiosas? Llevará más trabajo, mucho más trabajo del que hemos hecho hasta ahora. Las tensiones y las sospechas de cada lado de la línea divisoria religiosa deberán ser encaradas de frente. Y cada lado deberá aceptar algunas reglas básicas para la colaboración.

Si bien ya he hablado de parte del trabajo que los líderes progresistas necesitan hacer, quiero hablar un poco sobre lo que necesitan hacer los líderes conservadores, algunas verdades que necesitan reconocer.

Por un lado, necesitan reconocer el papel crítico que ha jugado la separación de la iglesia y el estado en preservar no sólo nuestra democracia, sino la robustez de nuestra práctica religiosa. La gente tiende a olvidar que, durante nuestra fundación, no fueron los ateos o los libertarios civiles los defensores más eficaces de la Primera Enmienda. Fueron las minorías perseguidas, fueron bautistas como John Leland, que no querían que las iglesias establecidas impusieran sus puntos de vista a personas que estaban saliendo alegremente a los campos para enseñar la Biblia a los esclavos. Fueron los antecesores de los evangélicos los más categóricos en cuanto a no mezclar el gobierno con lo religioso, porque no querían que una religión patrocinada por el estado obstacularizara su capacidad de practicar su fe como la entendían.

Además, cuando consideramos la creciente diversidad de la población estadounidense, los peligros del sectarismo nunca han sido mayores. Independientemente de lo que hayamos sido alguna vez, ya no somos una nación cristiana; somos también una nación judía, una nación musulmana, una nación budista, una nación hindú y una nación de no creyentes.

Y aun cuando sólo tuviéramos cristianos entre nosotros, si expulsáramos a todos los no cristianos de Estados Unidos de América, ¿cuál cristianismo deberíamos enseñar en las escuelas? ¿Seguiríamos el cristianismo de James Dobson o el de Al Sharpton? ¿Qué pasajes bíblicos guiarían nuestra política pública? ¿Deberíamos seguir a Levítico, que da a entender que la esclavitud está bien y que comer mariscos es una abominación? ¿Y Deuteronomio, que sugiere matar a pedradas a su hijo si se aparta de la fe? ¿O deberíamos simplemente ceñirnos al Sermón del Monte, un pasaje que es tan radical que dudo que nuestro propio Departamento de Defensa pudiera sobrevivir a su aplicación? Así que, antes de dejarnos llevar por la emoción, leamos nuestras Biblias. La gente no ha estado leyendo sus Biblias.

Esto me lleva a mi segundo punto. La democracia exige que las personas motivadas por la religión traduzcan sus inquietudes en valores universales antes que valores que sean específicos para su religión. Exige que sus propuestas sean sometidas a la discusión y sean susceptibles a la razón. Yo podría estar en contra del aborto por razones religiosas, pero si quiero que se promulgue una ley que prohíbe su práctica no puedo simplemente señalar las enseñanzas de mi iglesia o invocar la voluntad de Dios. Tengo que explicar por qué el aborto viola algún principio que sea accesible a las personas de todas las creencias, incluyendo las que no tienen ninguna creencia.

Ahora bien, esto será difícil para algunos que creen en la inerrancia de la Biblia, como ocurre con muchos evangélicos. Pero, en una sociedad pluralista, no tenemos opción. La política depende de nuestra capacidad de persuadirnos mutuamente de metas comunes basadas en una realidad común. Involucra acuerdos, el arte de lo posible. En algún nivel fundamental, la religión no permite transigir. Es el arte de lo imposible. Si Dios ha hablado, entonces se espera que sus seguidores cumplan son sus mandatos, independientemente de las consecuencias. Basar su propia vida en compromisos tan intransigentes puede ser sublime, pero basar la elaboración de nuestras políticas en esta clase de compromisos sería algo peligroso. Y, si tienen dudas, permítanme darles un ejemplo.

Todos conocemos la historia de Abraham e Isaac. Dios ordena a Abraham ofrecer a su único hijo y éste, sin discusiones, lleva a Isaac a la cima de un monte, lo ata al altar y levanta su cuchillo, dispuesto a acatar el mandato de Dios.

Por supuesto, al final Dios envía un ángel para interceder en el último instante, y Abraham aprueba el examen de devoción a Dios.

Pero es razonable decir que si alguno de nosotros al salir de esta iglesia viésemos a Abraham en el techo de un edificio alzando su cuchillo, como mínimo llamaríamos a la policía y esperaríamos que el Departamento de Servicios Familiares quitara a Isaac de Abraham. Lo haríamos porque no escuchamos lo que escucha Abraham, no vemos lo que ve Abraham, por más verdaderas que sean esas experiencias. Así que lo mejor que podemos hacer es actuar de acuerdo con aquellas cosas que vemos todos, y que oímos todos, sean leyes comunes o razón básica.

Finalmente, toda reconciliación entre la fe y el pluralismo democrático exige cierto sentido de proporción.

Esto va para ambos lados.

Aun aquellos que afirman la inerrancia de la Biblia hacen distinciones entre los mandatos escriturales, percibiendo que algunos pasajes –los Diez Mandamientos, digamos, o creer en la divinidad de Cristo– son centrales para la fe cristiana, mientras que otros son más específicos culturalmente y pueden ser modificados para adecuarse a la vida moderna.

El pueblo estadounidense lo entiende intuitivamente, que es la razón por la que la mayoría de los católicos practican el control de la natalidad y algunos de los que se oponen al matrimonio de homosexuales no obstante se oponen a una enmienda constitucional para prohibirlo. El liderazgo religioso no necesita aceptar esta forma de pensar al aconsejar a sus rebaños, pero deberían reconocerla en su accionar político.

Pero un sentido de proporción debería guiar también a quienes custodian las fronteras entre la iglesia y el estado. No toda mención de Dios en público es una fisura en el muro de separación; el contexto importa. Es dudoso que los niños que recitan el Juramento de Lealtad se sientan oprimidos o que les están lavando el cerebro por pronunciar la frase “bajo Dios”. No me ocurrió a mí. Que grupos de oración voluntarios de estudiantes usen predios escolares no debería ser una amenaza, así como su uso por los Republicanos Secundarios no debería ser una amenaza para los Demócratas. Y uno puede visualizar ciertos programas basados en la fe –dirigidos a ex criminales o abusadores de sustancias– que ofrecen una forma singularmente poderosa de resolver problemas.

Así que todos tenemos algo que hacer aquí. Pero tengo esperanzas de que podamos salvar las brechas que existen y superar los prejuicios que cada uno de nosotros trae a este debate. Y tengo fe en que millones de estadounidenses creyentes quieren que eso ocurra. No importa cuán religiosos puedan ser o no, la gente está cansada de ver cómo la fe es usada como herramienta de ataque. No quieren que la fe sea usada para subestimar o dividir. Están cansados de oír que la gente aporte más palabras que sustancia. Porque, en última instancia, no es la forma que consideran la fe en sus propias vidas.

Así que permítanme finalizar con solo una interacción más que tuve durante mi campaña. Unos pocos días después de ganar la nominación demócrata para mi carrera al senado de Estados Unidos, recibí un correo electrónico de un médico de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chicago que decía lo siguiente:

"Felicitaciones por su abrumadora e inspiradora victoria en las primarias. Me alegré de votar por usted, y le digo que estoy considerando seriamente votar por usted en las elecciones generales. Escribo para expresar las inquietudes que tengo que podrían llegar a impedir que vote por usted”.

El médico se describió como un cristiano que entendía sus compromisos como “totalizadores”. Su fe lo llevaba a una fuerte oposición al aborto y al matrimonio homosexual, si bien decía que su fe lo llevaba también a cuestionar la idolatría del mercado libre y el recurso rápido al militarismo que parecía caracterizar gran parte de la agenda republicana.

Pero la razón por la que el médico estaba pensando no votar por mí no era simplemente mi postura sobre el aborto. Más bien, había leído una entrada que mi equipo de campaña había colocado en mi sitio Web que daba a entender que yo combatiría a los “ideólogos de derecha que quieren quitarle a la mujer su derecho a escoger”. El médico siguió escribiendo:

“Percibo que usted tiene un fuerte sentido de justicia… y también percibo que es una persona de criterio equilibrado con un alto concepto de la razón…Independientemente de sus convicciones, si realmente cree que las personas que se oponen al aborto son todas ideólogas impulsadas por deseos perversos de infligir sufrimiento a las mujeres, entonces, a mi juicio, no tiene un criterio equilibrado… Usted sabe que ingresamos a tiempos que están plenos de posibilidades para hacer el bien y para hacer daño, tiempos en los que estamos luchando por encontrarle sentido a una organización política común en el contexto del pluralismo, cuando estamos inseguros en cuanto a los fundamentos que tenemos para hacer afirmaciones que involucran a otros… No pido en este punto que usted se oponga al aborto, sólo que hable de este tema con palabras equilibradas”.

Palabras equilibradas.

Así que consulté mi sitio Web y encontré las palabras ofensivas. Para ser justos con mi personal de campaña, ellos las habían escrito usando terminología demócrata estándar para resumir mi postura pro-elección durante las primarias demócratas, en un momento en que algunos de mis oponentes estaban poniendo en tela de juicio mi compromiso con la defensa de Roe vs. Wade.

Sin embargo, cuando volví a leer la carta del médico, tuve una sensación de vergüenza. Esta es la clase de personas que están buscando una conversación más profunda y completa acerca de la religión en este país. Tal vez no cambien sus posturas, pero están dispuestas a escuchar y aprender de quienes están dispuestos a hablar con palabras equilibradas. De quienes saben del lugar central y asombroso que tiene Dios en las vidas de tantas personas, y que se rehúsan a tratar la fe como simplemente otro tema político para acumular puntos.

Así que le escribí al médico y le agradecí por sus consejos. El día siguiente circulé un correo electrónico entre mi personal y cambié las palabras de mi sitio Web para indicar en términos claros paro sencillos mi postura pro-elección. Y esa noche, antes de ir a la cama, hice una oración: pedí que pudiera extender la misma presunción de buena fe a los demás que el médico me había extendido a mí.

Y hago una oración cada noche. Es una oración que creo compartir con muchos estadounidenses. Una esperanza de que podamos vivir unos con otros de una forma que reconcilie las creencias de cada uno con el bien de todos. Es una oración que vale la pena hacer, y una conversación que vale la pena tener en este país en los meses y años venideros. Gracias.

Traducción: Alejandro Field
Artículo original: “Call to Renewal” Keynote Address
Video (en cinco partes): 1, 2, 3, 4, 5

domingo, 1 de febrero de 2009

Programa de radio de la MICN en FM Fénix 100.3: "De espectadores a actores"


El sábado 7 de febrero comenzamos un nuevo espacio de comunicación en una de las principales radios del Conurbano Norte, FM Fénix 100.3. El programa saldrá en vivo todos los sábados, de 8 a 9 hs  de la mañana

Con el nombre "De espectadores a actores", nuestro principal objetivo será convocar a la participación activa de los oyentes en las cuestiones de interés público, encarando un tema y un invitado distinto en cada programa.

El programa tiene un amplio alcance en los cuatro partidos del Conurbano Norte (Vicente López, San Isidro, San Fernando y Tigre) y puede escucharse accediendo por Internet (fmfenix.com.ar)

Los programas serán grabados y las grabaciones y materiales utilizados en cada programa (textos, canciones, artículos, noticias, etc.)  podrán consultarse en el blog "De espectadores a actores" que hemos creado con este propósito. 
 
Para contactarse con nosotros durante el programa podrá llamarnos a l0s teléfonos 4798-9454 o 4793-3510, o por mail a micncc@yahoo.com
 
* Haga correr la voz * Lo esperamos *  Hay espacios publicitarios disponibles *

Podrá acceder a los programas grabados
en el blog